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CENTRO Y FUNCIÓN INTELECTUAL
El
pensar es la función del centro intelectual. Todos los procesos mentales
están incluidos en él: recepción de datos intelectuales, análisis, comparación,
elaboración de ideas, razonamientos, imaginaciones y grabación en la memoria
intelectual. Pero el pensar es de clases (y de calidades) diversas según
el nivel en el cual dicho centro trabaje. Como veremos, la observación
de sí lleva a pensar que las ideas que son nuestra manifestación intelectual
ordinaria, son de orden puramente mecánico. Por su surgimiento automático
ante toda impresión que alcance al intelecto, por su curso incesante,
sus asociaciones continuas, sus comparaciones y respuestas reactivas sis-temáticas,
constituyen en nosotros lo que puede llamarse el "aparato formatorio"
con el que estamos acostumbrados a responder a casi todas las situaciones
de la vida. Aun lo que llamamos la "reflexión" le pertenece la mayoría
de las veces.
Tal
manera de ver "el pensar" con el que vivimos de ordinario y hemos hecho
casi todo lo que el hombre ha realizado es evidentemente difícil de admitir
a primera vista y llega a ser aceptable sólo cuando se haya experimentado
otra forma de pensar.
Para
que el centro intelectual llegue a ser capaz de un pensar distinto al
de la idea puramente reactiva y automática, es necesario en efecto que
funcione en otro nivel: el de una presencia y de un yo estable, global,
realmente constituido. Entonces se hacen posibles los pensamien-tos autónomos,
con una elaboración, una reflexión verdadera y una prefiguración conforme
a nuestra individualidad de conjunto que carac-teriza el real pensar "subjetivo".
En
cuanto a un tercer nivel del pensar que se presiente como posible y que
sería el real pensar "objetivo", el hombre no lo conoce. Se sitúa en un
nivel más elevado aún y pertenece al centro intelectual superior.
En
todos los niveles, la función del intelecto es la afirmación y la negación:
sí o no. El intelecto recibe los datos, compara con lo que conoce, coordina,
constata y prevé. En el nivel más bajo, es el juicio crítico automático
y la imaginación; en un nivel más alto, es la confron-tación lógica y
la previsión; en cuanto al pensar objetivo, no podemos saber nada sino
suponer su conformidad con el Gran Conocimiento, y su poder de prefiguración
conforme con el conjunto de las leyes que rigen el mundo y todas las cosas,
así como con la causa de esas leyes. Esto nos lleva tal vez a evocar una
analogía con el Logos o el Verbo del Génesis, pero hay que reconocer que
nuestro pensar ordinario no puede aprehender realmente nociones como éstas.
Desde
este punto de vista, los centros pueden ser considerados como divididos
en dos partes, positiva y negativa. En el nivel del centro intelectual
que constata, analiza, compara, asocia y coordina, en función de los datos
grabados en los rollos, la actividad de la mente lleva a un juicio afirmativo
o negativo: sí o no. La mayoría de las veces, predomina uno de los dos
y esta comprobación sirve de base para nuestros actos. Así, creemos escoger
y decidir no obstante, allí no hay más que una constatación mecánica en
función de los datos exteriores actuales o grabados; no hay ninguna libre
elección ni decisión alguna que nos pertenezca como propia ni sea tomada
en función de una instancia individual superior: la de un Yo autónomo
y permanente que tenga una comprensión y metas propias a lo largo de la
vida. A lo sumo, se hallan pequeñas metas transitorias en función del
personaje del momento y de las asociaciones grabadas en los rollos de
las cuales dispone la mente. Y cuando, en el trabajo de la mente, se equilibran
exactamente lo positivo y lo negativo, permanecemos en la indecisión.
Pero
debido a que, en el hombre ordinario, no existe nada por encima de la
mente que pueda encargarse de sus constataciones automá-ticas para utilizarlas,
dichas constataciones adquieren de por sí fuerza de elección y decisión.
Es así como lo mental usurpa un poder al que no tiene derecho y que sólo
puede eventualmente ser contrarrestado por los deseos opuestos del centro
emocional o la pereza del centro motor. Lo que llamamos de ordinario un
hombre dotado de voluntad, es aquel cuya mente fuerte, activa, claramente
estructurada, ha aprendido a hacerse sostener por los deseos y servir
por el centro motor. Sin embargo, no existe ninguna voluntad propia, ninguna
libre "escogencia" en función de una individualidad real dotada de conocimiento
y que persiga a lo largo de la vida unas metas que sean objetivamente
propias: allí no hay más que el efecto de las circunstancias sobre el
funcionamiento automático de una mente y de una maquina humana bien estructurada;
tal hombre, contra-riamente a lo que él suele pensar, no es más que el
resultado y el juguete de influencias independientes de él.
Trabajo
equivocado del centro intelectual
El
centro intelectual, cuando trabaja en lugar de otro centro, trae consigo
la discusión, la tergiversación y la disminución de velocidad. Trae también
su gusto por el ensueño y la imaginación. Trae asimismo, cierta rigidez:
por una parte, es el más lento de todos los centros, por la otra, no es
lo bastante sutil para discernir las particularidades y los puntos delicados
de una situación, y menos aun las de sus modificaciones progresivas; de
tal modo que su intervención lleva a unas reacciones inadaptadas o falsas,
a unas actitudes rígidas, demasiado generales y muchas veces fijadas de
una vez por todas. Es incapaz en efecto de comprender los matices y las
sutilezas de la mayoría de los acontecimien-tos: situaciones que parecen
completamente diferentes para el centro motor o emocional, son para él
idénticas, y sus decisiones no son las que estos centros habrían tomado.
El
pensamiento no puede comprender los matices del sentimiento, y con él
un frío cálculo reemplaza la emoción vivida. Así que, cuando un hombre
se limita a razonar acerca de las emociones de otro, aun cuando trate
de representárselas, él mismo no siente nada y lo que siente el otro permanece
para él como letra muerta. Ocurre lo mismo en el campo instintivo: el
hombre saciado no comprende al hombre hambriento; pero para éste, el hambre
es bien real y los argumentos o las decisiones del otro, es decir del
pensamiento, parecen generalmente incomprensibles. Tam-poco puede el centro
intelectual reemplazar al centro motor ni controlar los movimientos; la
sensación no existe para él: es cosa muerta que él reemplaza por representaciones.
Es fácil encontrar ejemplos de ello: si un hombre trata de hacer sus gestos
deliberadamente, pensándolos, ordenan-do con el pensamiento cada movimiento,
ve inmediatamente cambiar el ritmo y la calidad de su trabajo. Si está
escribiendo a máquina, o conduciendo su automóvil, se pone (como cuando
estaba aprendiendo) a actuar lentamente y a acumular errores: el pensar
no puede seguir el ritmo normal del centro motor. En otro campo, el espectáculo
de un deporte en lugar de su práctica es también un ejemplo de la sustitución
del ejercicio de los
centros instintivo y motor por el centro intelectual (y además por su
tendencia al ensueño).

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