Página de inicioEl trabajo
 

   1- CENTRO Y FUNCIÓN INTELECTUAL

   El pensar es la función del centro intelectual. Todos los procesos mentales están incluidos en él: recepción de datos intelectuales, análisis, comparación, elaboración de ideas, razonamientos, imaginaciones y grabación en la memoria intelectual. Pero el pensar es de clases (y de calidades) diversas según el nivel en el cual dicho centro trabaje. Como veremos, la observación de sí lleva a pensar que las ideas que son nuestra manifestación intelectual ordinaria, son de orden puramente mecánico. Por su surgimiento automático ante toda impresión que alcance al intelecto, por su curso incesante, sus asociaciones continuas, sus comparaciones y respuestas reactivas sis-temáticas, constituyen en nosotros lo que puede llamarse el "aparato formatorio" con el que estamos acostumbrados a responder a casi todas las situaciones de la vida. Aun lo que llamamos la "reflexión" le pertenece la mayoría de las veces.

   Tal manera de ver "el pensar" con el que vivimos de ordinario y hemos hecho casi todo lo que el hombre ha realizado es evidentemente difícil de admitir a primera vista y llega a ser aceptable sólo cuando se haya experimentado otra forma de pensar.

   Para que el centro intelectual llegue a ser capaz de un pensar distinto al de la idea puramente reactiva y automática, es necesario en efecto que funcione en otro nivel: el de una presencia y de un yo estable, global, realmente constituido. Entonces se hacen posibles los pensamien-tos autónomos, con una elaboración, una reflexión verdadera y una prefiguración conforme a nuestra individualidad de conjunto que carac-teriza el real pensar "subjetivo".

   En cuanto a un tercer nivel del pensar que se presiente como posible y que sería el real pensar "objetivo", el hombre no lo conoce. Se sitúa en un nivel más elevado aún y pertenece al centro intelectual superior.

   En todos los niveles, la función del intelecto es la afirmación y la negación: sí o no. El intelecto recibe los datos, compara con lo que conoce, coordina, constata y prevé. En el nivel más bajo, es el juicio crítico automático y la imaginación; en un nivel más alto, es la confron-tación lógica y la previsión; en cuanto al pensar objetivo, no podemos saber nada sino suponer su conformidad con el Gran Conocimiento, y su poder de prefiguración conforme con el conjunto de las leyes que rigen el mundo y todas las cosas, así como con la causa de esas leyes. Esto nos lleva tal vez a evocar una analogía con el Logos o el Verbo del Génesis, pero hay que reconocer que nuestro pensar ordinario no puede aprehender realmente nociones como éstas.

   Desde este punto de vista, los centros pueden ser considerados como divididos en dos partes, positiva y negativa. En el nivel del centro intelectual que constata, analiza, compara, asocia y coordina, en función de los datos grabados en los rollos, la actividad de la mente lleva a un juicio afirmativo o negativo: sí o no. La mayoría de las veces, predomina uno de los dos y esta comprobación sirve de base para nuestros actos. Así, creemos escoger y decidir no obstante, allí no hay más que una constatación mecánica en función de los datos exteriores actuales o grabados; no hay ninguna libre elección ni decisión alguna que nos pertenezca como propia ni sea tomada en función de una instancia individual superior: la de un Yo autónomo y permanente que tenga una comprensión y metas propias a lo largo de la vida. A lo sumo, se hallan pequeñas metas transitorias en función del personaje del momento y de las asociaciones grabadas en los rollos de las cuales dispone la mente. Y cuando, en el trabajo de la mente, se equilibran exactamente lo positivo y lo negativo, permanecemos en la indecisión.

   Pero debido a que, en el hombre ordinario, no existe nada por encima de la mente que pueda encargarse de sus constataciones automá-ticas para utilizarlas, dichas constataciones adquieren de por sí fuerza de elección y decisión. Es así como lo mental usurpa un poder al que no tiene derecho y que sólo puede eventualmente ser contrarrestado por los deseos opuestos del centro emocional o la pereza del centro motor. Lo que llamamos de ordinario un hombre dotado de voluntad, es aquel cuya mente fuerte, activa, claramente estructurada, ha aprendido a hacerse sostener por los deseos y servir por el centro motor. Sin embargo, no existe ninguna voluntad propia, ninguna libre "escogencia" en función de una individualidad real dotada de conocimiento y que persiga a lo largo de la vida unas metas que sean objetivamente propias: allí no hay más que el efecto de las circunstancias sobre el funcionamiento automático de una mente y de una maquina humana bien estructurada; tal hombre, contra-riamente a lo que él suele pensar, no es más que el resultado y el juguete de influencias independientes de él.

   Trabajo equivocado del centro intelectual

   El centro intelectual, cuando trabaja en lugar de otro centro, trae consigo la discusión, la tergiversación y la disminución de velocidad. Trae también su gusto por el ensueño y la imaginación. Trae asimismo, cierta rigidez: por una parte, es el más lento de todos los centros, por la otra, no es lo bastante sutil para discernir las particularidades y los puntos delicados de una situación, y menos aun las de sus modificaciones progresivas; de tal modo que su intervención lleva a unas reacciones inadaptadas o falsas, a unas actitudes rígidas, demasiado generales y muchas veces fijadas de una vez por todas. Es incapaz en efecto de comprender los matices y las sutilezas de la mayoría de los acontecimien-tos: situaciones que parecen completamente diferentes para el centro motor o emocional, son para él idénticas, y sus decisiones no son las que estos centros habrían tomado.

   El pensamiento no puede comprender los matices del sentimiento, y con él un frío cálculo reemplaza la emoción vivida. Así que, cuando un hombre se limita a razonar acerca de las emociones de otro, aun cuando trate de representárselas, él mismo no siente nada y lo que siente el otro permanece para él como letra muerta. Ocurre lo mismo en el campo instintivo: el hombre saciado no comprende al hombre hambriento; pero para éste, el hambre es bien real y los argumentos o las decisiones del otro, es decir del pensamiento, parecen generalmente incomprensibles. Tam-poco puede el centro intelectual reemplazar al centro motor ni controlar los movimientos; la sensación no existe para él: es cosa muerta que él reemplaza por representaciones. Es fácil encontrar ejemplos de ello: si un hombre trata de hacer sus gestos deliberadamente, pensándolos, ordenan-do con el pensamiento cada movimiento, ve inmediatamente cambiar el ritmo y la calidad de su trabajo. Si está escribiendo a máquina, o conduciendo su automóvil, se pone (como cuando estaba aprendiendo) a actuar lentamente y a acumular errores: el pensar no puede seguir el ritmo normal del centro motor. En otro campo, el espectáculo de un deporte en lugar de su práctica es también un ejemplo de la sustitución del ejercicio de los centros instintivo y motor por el centro intelectual (y además por su tendencia al ensueño).

                                                                siguiente