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CENTRO Y FUNCIÓN EMOCIONAL
EL
CUERPO Y LAS DIFERENTES MENTES QUE ACTUAN SOBRE EL
Centro y función afectiva
(Parte 1ª)
El
sentimiento es la función del centro afectivo. Todos los procesos emocionales
están incluidos allí: alegría, tristeza, pena, temor, sorpresa, etc. Pronto,
sin embargo, la observación nos muestra que muchas veces no sabemos distinguirlos
y que continuamente se estable-cen confusiones con algunos funcionamientos
de los demás centros; una dificultad importante se debe en particular
al hecho de que los choques instintivos, que sólo conciernen a la vida
del cuerpo orgánico (por ejemplo, algunos miedos) son experimentados por
nosotros de manera muy parecida a los choques emocionales y por consiguiente
son tomados con mucha frecuencia por emociones.
El
centro emocional "siente": cada vez que le llega una impresión, le gusta
o no le gusta y por ello siente una aprobación o desaprobación personal
que se manifiesta bajo la forma de una emoción. Por este hecho, cada vez
que algo alcanza a la persona y su funcionamiento afectivo, éste la acerca
o la aleja automáticamente de aquello, al mismo tiempo que se expresa
una emoción positiva o negativa: lo siente como deseable o indeseable.
Pero este trabajo del centro afectivo depende enteramente del nivel de
presencia; en el estado ordinario del ser humano no hay más que uno de
sus personajes: así que sólo se trata de emociones (afecto parcial inherente
a un solo aspecto de sí) y no de sentimiento real (afecto global inherente
a la presencia global de un yo interior realmente vivenciado). El ser
humano en su estado ordinario no tiene verdadero sentimiento; no tiene
más que emociones automáticas reactivas que dependen enteramente del personaje
presente, del yo momentáneo. Este yo cambia según las circunstancias y
sus "sentimientos" cambian con él; pero el ser humano no ve estos cambios
y en su emotividad, mas que en ninguna otra parte, se cree dotado de una
permanencia y de una continuidad que no tiene.
El
centro afectivo sólo se vuelve capaz de un sentimiento real cuando una
presencia estable, relativamente independiente de las cir-cunstancias
del ambiente, se haya elaborado, una presencia construida alrededor de
un sentimiento de sí que la anima y da en todo instante a su vida un sentido
conforme a lo que ella es. Puede decirse esquemática-mente, que las emociones
pertenecen a la personalidad, y los sentimien-tos al verdadero yo esencial:
el sentimiento de sí que acompaña el despertar a sí mismo es el primer
sentimiento real del que un ser humano es capaz; tal evolución del centro
afectivo, que va a la par de la realización de un YO, alcanza por una
afinación progresiva el nivel del centro emocional superior hasta establecer
la conexión y luego la fusión con él. Sólo en este nivel se hacen posibles
para la persona los grandes sentimientos objeti-vos de Fe, de Esperanza
y de Amor.
En
todos los niveles, la función del sentimiento es la apreciación y la relación
personal; en todos los niveles, el centro afectivo siente, aprecia y consiente
más o menos. Los verdaderos sentimientos no son negativos; no tienen negatividad.
Un verdadero sentimiento puede ser más o menos intenso; más o menos grande;
si no, no existe, sólo hay indiferencia: el centro emocional superior
no tiene negatividad. En el plano ordinario, al contrario, en el nivel
de las emociones habituales, el centro afectivo, consiente o rechaza y
las emociones con las que vivimos pueden ser positivas, indiferentes o
negativas, según su impacto sobre la emocionalidad, es decir el amor propio
específico, que anima a cada uno de nuestros personajes.
Trabajo
equivocado del centro afectivo
El
centro emocional, cuando trabaja en lugar de otro centro, trae consigo
su sensibilidad, su rapidez, su intensidad y sobre todo un particularismo
egocentrista que lo revela mejor que cualquier otro signo. Cuando trabaja
en lugar del centro intelectual trae un nerviosismo, una fiebre, una prisa
inútil, cuando, por el contrario, harían falta un juicio y una deliberación
tranquila. En lugar del centro motor, trae la impulsividad, la desproporción
y el arrebato en vez del movimiento y la intención justa. En lugar del
centro instintivo, trae la desmesura y el exceso en uno u otro sentido.
La
división del centro afectivo en dos partes, positiva o negativa, parece
simple tal vez en un comienzo; pero de hecho es mucho más compleja. Puede
parecer a primera vista que tenemos todo un conjunto de "sentimientos
positivos": alegría, simpatía, afecto, y de "sentimientos negativos":
miedo, celos, aburrimiento, irritación.
En
realidad, como lo hemos visto, el ser humano ordinario a pesar de lo que
crea, no tiene nada que pueda ser llamado sentimiento y como tal lo llame
a una calidad permanente de su vida individual. Sólo existen emociones
ligadas a la expresión y conservación de cada uno de sus personajes, que
cambian continuamente y sin relación con su individualidad verdadera.
En el estado de vigilia ordinario, todo sentimiento real está desconectado
de la vida que transcurre, y al igual que el YO superior, permanece en
estado de sueño.
Según
sea apreciada la impresión de los acontecimientos interio-res o exteriores
como favorable o desfavorable, deseable o indeseable con relación al personaje
presente, se levanta una emoción agradable o desagradable. Pero si en
el siguiente instante cambia el personaje, la misma impresión tiene mucha
posibilidad de ser apreciada de manera diferente. Así es cómo en una persona
ordinaria, el "estado de ánimo" está cambiando continuamente, y según
el personaje del momento, los mis-mos impulsos emocionales, de positivos
pasan a ser negativos, o vicever-sa. Todas nuestras emociones agradables,
tales como alegría, simpatía, confianza, pueden a cada instante degenerar
en tristeza, repulsión, celos, duda, etc., y la expresión de estas emociones
desagradables que habitualmente las personas no pueden refrenar, no hace
más que reforzarlas sin necesidad alguna y hacer contagiosa su negatividad
a su alrededor. Es una de las razones por las cuales la lucha contra la
expresión exterior de las emociones negativas constituye uno de los primeros
puntos por los cuales el trabajo sobre sí puede útilmente comenzar.
Tan
pronto como un trabajo semejante ha podido comenzar, la situación misma
empieza a cambiar. La persona que haya emprendido un real trabajo sobre
sí comienza, durante sus momentos de presencia, a apreciarse a sí misma
"objetivamente" y a apreciar los acontecimientos con relación a sí misma
y ya no con relación al uso que de ellos hacen sus personajes. Por una
parte, el carácter ilusorio de sus emociones ordinarias positivas o negativas
se le revela poco a poco, al mismo tiempo que le aparece el carácter contingente
de sus personajes. Por otra parte, una apreciación diferente de sus impresiones
se le hace posible con relación al Yo que se está despertando. Al lado
de sus emociones, puede distinguir reales sufrimientos morales que pertenecen
al centro emocional, y están ligados a su vida tanto como los sufrimientos
físicos: la enfermedad, el dolor y la muerte. Sufre gran número de penas,
temores, aprehensiones que no pueden evitarse y sobre todo, con relación
a la visión de sí mismo que alcanza a tener, las insuficiencias y carencias
que constata hacen levantarse en él no ya lamentaciones y resoluciones
o veleidades de "corregirse" sino el real sentimiento "subjetivo" de remordimiento
de conciencia. Por todas estas razones, el despertar y la evolución del
ser humano, si bien conllevan -debido al despertar de un verdadero senti-miento
de sí y de la conciencia moral interior- impresiones de alegría y satisfacción
reales, también van acompañados continuamente, mientras no esté terminada
su evolución, de penas y remordimientos igualmente reales.

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