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Si debemos estudiamos y conocernos a nosotros mismos, debemos hacerlo como se estudia cualquier máquina compleja: hay que conocer sus piezas, las condiciones de su trabajo correcto y las causas de su trabajo incorrecto. Entre las piezas de nuestra máquina, se destacan los cerebros y las funciones que los expresan en la vida. La máquina humana completa está compuesta de siete formaciones de este orden. Cuatro de ellas aseguran el funcionamiento corriente, nuestra participación elemental en la vida; las otras tres, además de esta participación, constituyen más especialmente el soporte de la individualidad propiamente dicha. Las cuatro formaciones ordinarias, aquellas que aseguran nuestra vida corriente, comprenden:
Una quinta formación participa, por una parte, en nuestra vida ordinaria (es éste el único de sus aspectos habitualmente reconocido), y por la otra, en la elaboración de la individualidad verdadera. Se trata de la sexualidad, función del principio masculino o femenino, en todas sus manifestaciones cuya finalidad es la participación en la "creación": creación relativa al nivel sobre el cual funciona el sexo. Otras dos formaciones existen además en el hombre, pero no tenemos casi ningún contacto con ellas; el hombre ordinario no las conoce; aparecen únicamente en los estados superiores de presencia, y el lenguaje ordinario no tiene palabras para ellas:
Las funciones son la expresión de los centros en la vida, su manifestación, y su conjunto da su carácter propio a cada naturaleza humana. Las funciones resultan para nosotros más fácilmente accesibles que los centros, y el estudio de sí no puede comenzar sino por ellas: son nuestra manera de aparecer en la vida y por este mismo hecho podemos observarlas. Una aproximación suficiente permite, sin desnaturalizar nada en el hombre, considerarlo como un ser que vive según tres modos: orgánico, afectivo e intelectual, y dotado de tres cerebros que en él funcionan en tres niveles diferentes. Así pues, los centros y sus funciones constituyen un conjunto complejo cuyo conocimiento es muy importante. Son a la vez receptores de energía, grabadores, transformadores (o mejor dicho selectores) y emisores. Cada centro es un aparato receptor de energía ocupado en captar los diversos elementos que son, para la máquina, las tres clases de alimentos (comida, aire e impresiones). Pero, para ir a sumarse al potencial energético del organismo, esos alimentos deben convertirse en algo asimilable para el gran acumulador, de donde cada centro extrae luego la calidad de energía que le es propia. Los centros mismos no pueden alimentarse directamente. Esta recepción de energía por la máquina humana y la manera como esas energías pueden hacerse asimilables dejan entrever una alquimia interior compleja que, para ser comprendida, requiere de un estudio especial y difícil. Por ejemplo, ciertas impresiones o influencias, recibidas por los centros, tales como las influencias planetarias, son de proveniencia inaparente o lejana. Por otra parte, en el organismo, cada tipo de alimento sufre transformaciones particulares que llevan a la asimilación de una parte de sus constituyentes y a la eliminación de otras; además cada transformación de energía tiene sus circuitos particulares. Cada centro es también un aparato selector y, en cierta medida, transformador. Extrae de la reserva central de energía la que corresponde a su naturaleza "esencial" y a su nivel de funcionamiento, y en cada individuo, da a esa energía las características inherentes a su propia estructura, es decir, conforme a las características de su esencia. Cada centro es también un aparato emisor debido a las funciones que le incumben y que son la actividad que le corresponde ejercer en la vida interior o exterior del individuo. Por último, cada centro tiene su memoria propia: a su parte emisora-receptora, están ligados aparatos grabadores hechos de materia sensible, que uno compararía, en la actualidad, con memorias de computadora, pero que Gurdjieff comparaba con cilindros de cera virgen. Todo lo que nos sucede, todo lo que vemos, oímos, hacemos, aprendemos, se graba en esos rollos. Todos los acontecimientos interiores o exteriores dejan impresiones en esos rollos. Se trata, en efecto, de una impresión, de una huella, que puede ser profunda o superficial, que puede también ser fugaz y desaparecer muy pronto sin dejar trazo. Además esas inscripciones o impresiones grabadas en los rollos de los diferentes centros son relacionadas entre sí, en el nivel de la mente, por las asociaciones. Cada centro en particular, así como el individuo entero con el conjunto de sus centros, tiene pues un lado pasivo, receptor, abierto en mayor o menor grado, a unas energías que llegan hasta él; tiene también un lado activo, realizador más o menos eficiente de una intervención en las formas de la vida; y tiene, entre estos dos, una acción selectiva responsable de la calidad propia que él impone a esta utilización de su energía. A través de todas estas nociones que pueden parecer, a primera vista, más o menos arbitrarias, lo más claro para nosotros es que cada centro tiene características específicas propias cuyo conocimiento es importante para la búsqueda de un conocimiento de sí: es uno de los primeros objetivos de la observación de sí. Actualmente no podemos saber nada, o muy poco, de las partes de nosotros mismos de las que habitualmente estamos desvinculados (las dos funciones superiores y los niveles superiores de la función sexual), pero podemos observar las cuatro funciones con las cuales vivimos de ordinario. Gracias a la observación repetida de esas funciones, se nos hace posible, eventualmente, tomar poco a poco conciencia de los rasgos que caracterizan a cada una de ellas en su origen, en el momento en que nace del centro con su impulso inicial, y tal vez, llegar así al conocimiento de esos centros, es decir, al conocimiento de nuestra propia esencia, sin el cual no hay conocimiento de sí. Pero esto no nos es posible de una sola vez y la observación de nosotros mismos no puede comenzar, sin riesgo de un grave error, sino por la observación de nuestras primeras cuatro funciones: intelectual, emocional, motriz e instintiva. Esta observación consta de dos etapas, dos niveles: estas funciones deben primeramente ser observadas y reconocidas en todas sus manifestaciones exteriores; luego pueden ser observadas en uno, esforzándose en reconocer y comprender sus tendencias interiores fundamentales que les dan la forma exterior bajo la cual nos manifestamos.
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