Detrás
del movimiento visible hay otro movimiento, uno que no puede ser
visto, que es muy fuerte y del cuál el movimiento externo depende.
Si este movimiento no fuera tan fuerte, el movimiento externo no
tendría ninguna acción.
Debes
constantemente dividir tu atención entre algo que es superior a
tí mismo y tu movimiento. Siempre te pierdes a ti mismo en uno o
en otro. Tan pronto como dejas de hacer este esfuerzo, te identificas
con el movimiento.
Debes
considerar estos movimientos como una condición excepcional que
te es dada para trabajar sobre tu atención. Así, dividiendo tu atención,
cubres el espacio que puedes cubrir. Algún día quizás puedas ser
capaz de más, pero hoy, este es tu lugar. No comprendes suficientemente
que la atención es tu única oportunidad. Sin ella, no puedes hacer
nada.
Habitualmente,
piensas acerca de tu movimiento, pero no lo haces. Mantienes tu
pensamiento en el movimiento y entonces, cuando es el momento de
hacerlo, te rindes y el movimiento es hecho, no importa cómo, sin
ti.
El
pensamiento debe tener su propio centro de gravedad; no puede simplemente
estar aquí o allá. Debemos encontrar este centro de gravedad. Lo
mismo es para el cuerpo. Si el cuerpo no está centrado, ningún movimiento
será posible. Es lo mismo con los sentimientos.
Estos
movimientos nos capacitan para pasar de un centro de gravedad a
otro; es este traslado o cambio el que crea el estado. Lo que es
importante es el gesto, el movimiento, no las actitudes.